Moverse o no moverse

Como te decía en uno de las primeras entradas las-cuatro-caras-del-cuidado, es fundamental para el control adecuado de la diabetes que las personas que la padecen incluyan en su día a día la actividad física.

Son claramente conocidas las ventajas y los beneficios que la práctica del ejercicio físico tiene en la salud y la calidad de vida de todas las personas, y cómo el sedentarismo está asociado a la aparición de numerosas enfermedades crónicas. Existen evidencias que relacionan ejercicio físico y factores de riesgo cardiovascular y en ellos se muestra cómo una actividad física regular disminuye el riesgo de padecer determinados problemas crónicos de salud. En cuanto a la diabetes, los estudios disponibles sugieren que los sujetos que son más activos consiguen una reducción del riesgo de padecer diabetes tipo 2 entre 35-50%. Además, aquellos que son capaces de realizar más cantidad de actividad física reducen todavía más este riesgo. Entre los sujetos que tienen alto riesgo de padecer diabetes tipo 2 (sobrepeso/obesidad, hipertensión, historia familiar) la actividad física puede reducir el riesgo hasta un 60%.

El ejercicio físico ejerce sus efectos saludables actuando sobre distintos puntos del organismo.  Uno de los cambios se produce en los propios protagonistas del movimiento, como son los músculos, las articulaciones y los huesos.

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El ejercicio habitual aumenta la flexibilidad, la velocidad y la fuerza de contracción muscular, consigue que las fibras musculares aumenten en grosor y en número, mejoren en su capacidad para aprovechar la energía, y aumenten su vascularización para favorecer el aporte de los nutrientes y el oxígeno.

Asimismo mejora los movimientos de las articulaciones.

Respecto a los huesos, el ejercicio físico favorece el depósito de calcio, lo que constituye una de las armas más eficaces para prevenir la osteoporosis.

Hay un músculo que siempre hace ejercicio cuando nos movemos: el corazón. El ejercicio físico habitual produce una adaptación beneficiosa tanto en la anatomía como en la función del corazón, de las arterias y de los pulmones. El ejercicio físico aumenta la capacidad de las arterias para conducir la sangre, por eso mejora la presión arterial y previene o trata los problemas vasculares. Además también actúa positivamente sobre la elasticidad y la contractilidad cardiacas y por eso se usa en el tratamiento de la insuficiencia cardiaca.

También aumenta y mejora la función respiratoria y ayuda a subir el colesterol “bueno”.

Sobre la glucemia, actúa en dos niveles fundamentales: por una parte, el ejercicio físico favorece el consumo de glucosa por el músculo; por otra, es la única medida no farmacológica capaz de reducir la resistencia del músculo a la acción de la insulina.

A todo ello se suman los indudables beneficios psicológicos que la práctica del ejercicio físico implica y que puede contribuir a mejorar el cumplimiento terapéutico en determinadas patologías crónicas, lo que contribuye globalmente a una mejora en la calidad de vida de estas personas.

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¡Espero que estas cosas que te cuento te ayuden a decidirte a empezar a moverte! Habla con tu médico o enfermera para que adapten el ejercicio a tu caso particular y anímate. Seguiremos ahora unos días hablando de este tema, por la importancia que tiene no solo para las personas con diabetes, sino una vez más para todos.

Y tú ¿Qué opinas? Me encantará saberlo. Escríbelo más abajo o en hablamosdediabetestipo2@gmail.com.

Muchos saludos.

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